MONEGROS DESERT FESTIVAL: VOLVER UN AÑO MÁS AL DESIERTO PARA ENCONTRARSE CON LOS TUYOS

Hay festivales a los que uno acude. Y luego está Monegros. Para nosotros, esta ha sido nuestra tercera edición recorriendo el desierto como periodistas, aunque sería injusto reducir la experiencia a una simple cobertura. Porque cuanto más conocemos Monegros, más ganas tenemos de volver. La calidad de su producción, la dimensión que ha adquirido con los años y, sobre todo, la comunidad que ha conseguido construir alrededor de la música hacen que cada visita tenga algo de reencuentro. Como volver a casa, solo que en mitad de un desierto.
Saber que vas a Monegros como raver se parece bastante a abrir los regalos de Navidad. Está esa sensación infantil de esperar durante semanas el día en el que sabes que vas a reunirte con los tuyos y, por unas horas, vas a poder disfrutar como si todo fuese nuevo otra vez. Los nervios empiezan mucho antes de llegar. Desde primera hora del día, mientras preparas la mochila intentando anticiparte a cualquier inconveniente que pueda impedirte disfrutar de la experiencia, ya sabes que lo que viene va a ser bueno. Y probablemente también sabes que, por mucho que prepares la mochila, Monegros siempre encontrará alguna manera de recordarte quién manda.
La llegada es otra historia. Primero aparece el aire caliente. Después, la tierra. Las pestañas empiezan a cubrirse de polvo y una bruma finísima de arena comienza a bailar alrededor de todo el recinto, impulsada por el viento y por los bombos que escapan de cada escenario. El desierto parece ponerse en movimiento al ritmo del sound system. No hay bienvenida más monegrina que esa mezcla de calor, polvo, viento y graves golpeando a kilómetros de distancia.
Nosotros somos lo que se conoce como disfrutones. Nos gusta la música, nos gusta el buen techno y, cuando toca, también nos gusta la tralla. Mucha tralla. Así que nuestra estrategia durante el festival es bastante sencilla: dejarse llevar. Ir de un escenario a otro, probar de aquí y de allá, descubrir propuestas y saborear cada mezcla que llega desde la cabina. En Monegros es imposible querer verlo todo y, precisamente por eso, intentamos vivirlo todo. Cada stage tiene su personalidad, cada pista su propio ecosistema y cada DJ parece tener una misión concreta: conseguir que te quedes un rato más.
Este año, además, éramos todavía más familia. Monegros rompió su propio techo de asistencia y reunió a más de 60.000 personas llegadas de 97 países. Una cifra que impresiona sobre el papel, pero que adquiere otra dimensión cuando estás allí dentro y compruebas que el desierto, por una vez, parece quedarse pequeño.
Y en mitad de todo aquello apareció OUTWORLD.
La nueva criatura concebida junto a Klangkuenstler se presentó por primera vez al aire libre en un festival y lo hizo con una puesta en escena difícil de ignorar. Una gigantesca torre de casi 30 metros presidía el escenario, convirtiéndolo en uno de los grandes puntos de referencia visual de esta edición. Pero OUTWORLD no se quedó en la espectacularidad de su arquitectura. Su verdadera dimensión estaba en lo que sucedía delante de ella: miles de personas completamente entregadas a una experiencia sonora y visual que parecía diseñada para llevar el concepto de la música y el schranz hasta sus últimas consecuencias.
Y claro, nosotros queríamos ir a todo.
Klangkuenstler, O.B.I. b2b Svetec, Amelie Lens, Ben Klock b2b SHDW, Brutalismus 3000, Clara Cuvé, Setaoc Mass b2b Rene Wise, Adrian Mills… La lista de nombres que queríamos ver era directamente incompatible con la existencia de un cuerpo humano capaz de aguantar 22 horas sin parar. Pero Monegros tiene esa capacidad de hacerte creer durante unas horas que sí puedes, que eres un superhéroe.
Cada segundo contaba.
Había algo especialmente intenso en esa sensación de saber que, mientras estabas bailando frente a un escenario, en otro punto del recinto estaba ocurriendo otro momento que también habría merecido vivir. El clásico FOMO llevado a su máxima expresión. Pero también forma parte del juego. Monegros es un parque de atracciones para los amantes de la música electrónica, y sus atracciones no dejan de funcionar durante toda la jornada.
Quizá por eso nos resulta tan difícil explicarlo desde fuera.
Porque Monegros no es solamente un festival. Es una especie de peregrinación anual para todos aquellos que viven por y para la música. Los peregrinos eternos del desierto. Los que escuchan unos bombos a lo lejos y parecen despertar de algún tipo de encantamiento. Los genios que salen de la botella cuando empieza a sonar el primer kick.
Y ahí es donde uno entiende que la verdadera dimensión del festival no está únicamente en sus escenarios, sus cifras o su producción. Está en la gente.
En esa comunidad que vuelve año tras año. En quienes llevan décadas acudiendo y en quienes pisan el desierto por primera vez. En los que llegan con una mochila preparada hasta el último detalle y en los que probablemente han olvidado hasta el agua. En los que vienen por un artista concreto y terminan descubriendo diez más. En los que bailan hasta que las piernas dicen basta y, aun así, encuentran fuerzas para otro set.
Monegros engancha.
Y este año volvió a demostrarlo con un cierre a la altura de una edición histórica. Héctor Oaks y Richie Hawtin fueron los encargados de poner el punto final a la jornada, dos auténticos titanes de la música electrónica enfrentándose a uno de esos momentos en los que ya no queda prácticamente nada en el depósito. El cuerpo pide parar, los pies llevan horas protestando y el cansancio empieza a pesar, pero todavía queda una última reserva de energía. La suficiente para seguir bailando.
Sudor, agotamiento y éxtasis al mismo tiempo.
Es difícil encontrar una combinación más monegrina.

Cuando finalmente termina todo, llega esa especie de resaca emocional que dura bastante más que la física. El cuerpo está destrozado, la ropa llena de polvo y probablemente uno empieza a preguntarse por qué ha decidido hacerle esto a sus piernas otro año más. Pero la respuesta aparece casi inmediatamente: porque ha merecido la pena.
Porque has vivido la edición como si fuese la última.
Y esa es, probablemente, una de las claves de Monegros. Vivir cada edición como si no fuese a haber otra. Bailar como si no quedara mañana. Aprovechar cada set, cada encuentro, cada amanecer y cada kilómetro recorrido entre escenarios. Deshacerse durante un día de las cadenas y convertirse en un guerrero del techno dentro de un entorno que, sobre el papel, parece hostil, pero que después de varias visitas empieza a sentirse como casa.
Monegros es cultura. Es comunidad. Es resistencia. Es música. Y también es una forma de entender el festival que difícilmente puede reproducirse en otro lugar.
Por eso esta tercera visita como periodistas vuelve a dejarnos con la misma sensación que las anteriores, aunque quizá un poco más intensa. La sensación de haber formado parte de algo que merece ser vivido antes que contado.
La organización vuelve a superar sus propios límites, renovando la energía de una experiencia que ya forma parte de la vida de miles de personas y que continúa abriendo las puertas de esta particular familia a quienes llegan por primera vez.
Nosotros, mientras tanto, ya estamos pensando en la próxima.
Porque mientras quede música, habrá baile.
Y mientras haya peregrinos dispuestos a cruzar el desierto, seguirá habiendo Monegros.
Nos vemos en el desierto.
